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La Habana para Los Románticos: un fin de semana de viernes a lunes
Sal en el malecón, ron entre las ruinas.
El fin de semana para dos. Terrazas al atardecer, una mesa reservada con semanas de antelación, un paseo de vuelta a casa por el camino largo. Nada antes de las diez, nada con prisa, un despilfarro del que hablarás durante años.
Viernes: Llegada al malecón
- Jardines del Hotel Nacional
Siéntate en el césped sobre la batería de 1933 con un mojito y mira cómo el Malecón se curva hacia el Morro mientras la luz se vuelve naranja.
- El Malecón al atardecer
Ocho kilómetros de malecón donde toda la ciudad va a besarse, pescar y discutir mientras la espuma salpica el parapeto; siéntate sobre el muro, no sobre la acera.
- La Guarida
Sube la escalera de mármol en ruinas donde se rodó Fresa y chocolate hasta un paladar de velas, frescos agrietados y cordero al café; el bar de la azotea es para después.
Sábado: Piedra barroca y la casa de un poeta
- Plaza de la Catedral
Lezama Lima decía que la catedral era música convertida en piedra; la plaza está más vacía antes de que salgan las mesas del almuerzo, así que coge las sillas del café del lado de la sombra.
- Casa de Lezama Lima
Las habitaciones estrechas donde se escribió Paradiso, los libros apilados de dos en dos y las sillas de mimbre mirando a la calle; el guía leerá un verso si se lo pides.
- Atelier
Un paladar en una mansión desvaída con lámparas que no hacen juego, una terraza entre palmeras y un plato de pato que cambia cada día; pide la terraza.
Domingo: La colina de Hemingway y una langosta
- Finca Vigía
Miras por las ventanas: la máquina de escribir sobre la estantería, las botellas sin tocar, la lancha Pilar apoyada en el jardín bajo un cobertizo y la piscina en la que nadaba ella.
- Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso
Función matinal del domingo del Ballet Nacional en el centro gallego de 1915, o simplemente la visita guiada subiendo sus escaleras de mármol si no quedan entradas.
- Paladar Los Mercaderes
Pétalos de rosa en la escalera, un violinista en el balcón y una langosta que justifica el paseo por las calles coloniales a oscuras; este es el capricho.
Lunes: Un último café
- Basílica Menor de San Francisco de Asís
Una basílica desconsagrada de piedra desnuda y tumbas bajo los pies, hoy usada para conciertos y tranquila a la hora de apertura; sube al campanario para ver el puerto.
- Museo Napoleónico
La obsesión del magnate del azúcar Julio Lobo: un palacio florentino con el sombrero, la mascarilla mortuoria y las cartas de Napoleón, abandonado en 1960 cuando se marchó en avión.
- El Café
Pan de masa madre, café de verdad y una tortilla sobre suelo de azulejos, la comida de despedida de una ciudad que rara vez hace bien el desayuno.